jueves, marzo 30, 2006

Nota final.

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Abrieron la puerta de una patada y entraron los tres tipos apuntando con sus armas, pero ya no era necesaria tanta adrenalina ni violencia. Allí estaban tendidos en la cama, desnudos, abrazados, con dos impactos de bala en la cabeza que ellos mismos se dispararon y una nota sobre la almhoada:

“Estos últimos caminos recorridos, se han ido bifurcando siempre hacia errores mayores A veces nos consoló el gesto taciturno de un pájaro o cualquier migaja de la memoria que lograra proyectar alguna sombra a la hora del cenit o después de la cópula. Pero llegamos a ese punto sin retorno donde la única esperanza fue ejecutar a la perfección la postrera jugada: esta que tienen ante sus ojos.
La última noche de nuestras vidas tuvo el regocijo de una fogata que se encendió con billetes de a cien. El par de millones (*) se consumió con esa belleza cruel que tiene todo fracaso humano. El haber decidido quitarnos la vida fue algo de esa iluminación que nos llegó del poder fuego (pareciera que en momentos decisivos, la vuelta a lo primitivo es inevitable). No negamos el placer de privar a ustedes de esa otra despreciable luminiscencia que les habría producido disparar sobre nosotros, arrebatándonos la vida y el cuantioso botín. Descontando las posibles atrocidades que seguramente nos habrían infringido para que confesáramos el lugar donde ocultamos el dinero.
Sepan disculpar las molestias. En el callejón podrán constatar los restos de la fogata, fue una hermosa fogata, como esta una hermosa muerte.”

(*) dólares americanos.

Foto unsologato.

lunes, marzo 27, 2006

Un papel amarillo.


Una anciana camina por la calle, regresa a su casa tras haber hecho unas compras. Se le cae de las manos un papel amarillo. La boleta de la lapicera que acaba de comprar para su nieta. No puede agacharse a recoger el papel. El dolor de cintura, los años, los achaques. No se atreve a pedirle a nadie que le recoja el papel. Ella nunca, en ochenta y cuatro años de vida, ha botado un papel al suelo. Mucho menos en la calle que es un lugar público donde hay que dar siempre el ejemplo.
Llega a su casa atormentada por ese papel amarillo que debería haber botado dos días despupés que su nieta hubiese probado la lapicera que le compró con tanto cariño. Las siguientes horas se le hacen insoportables pensando en esa boleta, para colmo amarilla, volando por las calles, ensuciando su ciudad, su querida ciudad.
Se sienta en la mecedora y escucha una música que durante muchos años ha acompañado su pulcritud y buenos sentimientos: la última sonata para piano de Haydn. Y en los primeros acordes decide que esa será su última música. Ya la vida no tiene sentido si tiene que andar ensuciando impunemente las calles de su ciudad. Si al menos alguien fuera a castigarla por esa falta. Entonces decide que lo mejor es morir en el momento exacto en que suene la última nota, de la última sonata de su querido Haydn.
A las dos horas llega la nieta y encuentra a la anciana muerta en la mecedora. Tiene apretada en la mano derecha la lapicera que le compró a la muchacha. La nieta nunca sabrá que esa lapicera era para ella.


Foto unsologato.

jueves, marzo 23, 2006

El libro equivocado.

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Me llevé de la biblioteca el libro equivocado. Quizás el error lo cometió el bibliotecario o fue una distracción mía lo que hizo que ese libro terminara en casa. Tenía una semana para leerlo y como todos los plazos se cumplen fatalmente me aboqué a su lectura.
El libro equivocado me llevó a pensar cosas equivocadas y realizar actos incongruentes y absurdos. En una semana esa lectura transformó mi vida en un verdadero caos: abandoné a mi mujer, me fui de putas, me emborraché, participé en una gresca callejera de la que salí con algunas contusiones y al llegar al último capítulo hice que me despidieran del trabajo. Cosas que la gente suele hacer cuando se ve afectada por ciertas cosas de las que pierde el control. Yo era consciente de que mis actos tenían su fuente principal en ese libro equivocado que extraviaba el sentido y la voluntad del lector.
A la semana regresé a la biblioteca a devolver el libro equivocado. El bibliotecario se asombró al verme. Sonrió con fastidio, me miró fríamente y me dijo de forma cortante: "Después de haber leído esto, usted debería estar muerto".


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lunes, marzo 20, 2006

Pesadilla.

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Cuando me dejaron salir ya no había paisaje. Subí a la terraza del edificio más alto de la ciudad: ni horizonte, ni cielo, ni tierra. El concreto era la única suavidad arquitectónica que daba refugio a unos pocos que deambulaban por las calles buscando algo qué comer. Las calles eran peligrosas. Las cosas habían cambiado con una brutalidad para la que no estaba preparado. Yo nada más quería encontrar un árbol, sentarme bajo sus ramas, hacer una siesta y soñar. Soñar que se abría una puerta y que la mujer a quien amaba esta vez no dispararía contra mí y yo la dejaría ir sin volverme loco. La policía creería a medias mi relato aunque no hubiera ningún muerto, pero sí un interrogatorio interminable del que despertaría esa mañana en que me dejarían salir hacia otra pregunta.

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jueves, marzo 16, 2006

La rosa amarilla

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Le había prometido que la primera vez que estuvieran desnudos la acariciaría con una rosa amarilla. A ella le fascinan las rosas amarillas y se entusiasmó con la idea. Después de varios meses de distancia y epistolario lograron hacer que sus destinos se encontraran en una ciudad equidistante. Ambos recordaron que la rosa amarilla jugaría su papel en ese ritual de la primera vez. Pero las cosas se complicaron cuando unas horas antes de la cita, el tipo no encontró por ningún lado una rosa amarilla. Las había rojas y alguna que otra blanca, pero ninguna amarilla. Que la temporada, que los precios, el clima, pero ninguna amarilla. Hacerla traer demoraría como mínimo un día, y no tenían tanto tiempo para perder. Pero fue ella quien ofreció dos alternativas de solución al problema. La primera, él la descartó por “poco romántica”, se trataba de imprimir varias fotos de rosas amarillas, que él mismo había tomado y le había enviado a ella en una oportunidad, y con esas impresiones, más una varilla de madera “fabricar la rosa”. La segunda alternativa, era no menos artificiosa, se trataba de pintar una rosa blanca de amarillo. Ambos se reían con muy buen humor ante ese simulacro de rosa y de cómo debían superar la adversidad con un poco de ingenio. Finalmente pintaron la rosa de amarillo y ella fue acariciada como debía serlo una princesa de las mil y una noches. Después se amaron y se dieron todo el placer que llevaban tanto tiempo soñando. La rosa, que simuló ser amarilla, vivió pocas horas más abandonada en ese cuarto de hotel.
Cada uno regresó a su ciudad y a su vida.
El amor entre estos amantes, no prosperó y cuando escribieron las últimas cartas de despedida, recordaron que quizás, “fue culpa de la rosa amarilla, que no fue realmente amarilla, sino un mero simulacro”.

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lunes, marzo 13, 2006

(4023)

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tu aire
tu agua
necesitan el cansancio de mis piedras

caminos que regresan
a otros cuerpos
tristezas de ámbar
figuras de barro
y la luz que transmuta
la incertidumbre
en deseo

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jueves, marzo 09, 2006

Trío de espadas.

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Lo único que nos queda es cumplir con el sorteo. Vos la víctima, yo el victimario. Roles intercambiables pero asignado rigurosamente por el azar. El mismo azar que un día nos hizo encontrar a los tres. Así son las cosas y no hay vuelta atrás. Vos abriéndote la camisa para que baste una sola puñalada en el pecho y yo el pulso firme. No quiero salpicarme con tu sangre. Después de entregarte a la muerte iré a cenar con Carmen y con lo obsesiva que es, no aceptaría que me presentara ante ella faltando a la pulcritud y mucho menos si esa sangre es tuya, querido amigo.
Sí, le contaré con detalles cómo sucedió todo, cómo ya no pudimos escaparnos del juego. Ella al principio va a simular incredulidad, pero después se va a reír como una loca, me va a abrazar y me va a decir: “Qué suerte que le tocó a él y no a vos”. La conocemos lo suficiente y es previsible su reacción. Después me llevará a la cama –su lujuria también es previsible- quizás se excitará con tu muerte o con ese vértigo que puso el sorteo entre nosotros; y en el instante preciso en que la penetre, me pedirá que le vuelva a contar con lujo de detalles cómo el puñal te partió el pecho, tu expresión de pánico, el dolor, el perdón hemorrágico y agónico que alcanzaste a balbucear, entonces ella pidiéndome, casi suplicándome con todas sus artimañas de gata en celo ser la próxima víctima.


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lunes, marzo 06, 2006

(Shostakovich, preludio y fuga Nº 24 op. 87 /4021)

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de tanto simular imposibles
el mar sabe que tus ojos
no son el siempre del horizonte
aunque no existen los caminos


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El Tiempo Buenos Aires Aerod.