lunes, octubre 30, 2006

Ventanas compensatorias.

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Habiendo ventana se puede detener la destrucción del día sin piel. Aunque la luz no haya sido del todo propicia o la oscuridad golpee los cuatro costados del arcidriche. También se juega con luz ausente. Y las ausencias terminan iluminando los rincones más absurdos del castillo de arena. Se intercambian miradas aptas para anidar en lo imposible, aunque las palabras se rompan las manos cayendo desde una altura mayor a la pactada por el abrazo. Se reinicia el juego. La luz cambia de posición: abre los cuerpos a la alegría. Permite a un árbol soñarnos desnudos. En un punto equidistante de la cópula ya no se sabe si las ventanas o los cuerpos son los que obligan a la luz a permanecer en esa posición sin tiempo, abarcando todo el cielo y toda la tierra.

(Sos mi ventanamor. Ayer en la tarde lo supe cuando te acercaste a esa geometría de vidrio y silencio y te reflejaste tan bella, con esa luz que se hamacaba en tus ojos y en todo tu cuerpo).

foto unsologato.

domingo, octubre 22, 2006

(Laberinto con la Sonata del Diavolo de Tartini)

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El sol del laberinto le pregunta a tu cuerpo por mi violín. Aunque podría preguntarle por mis ojos de no mirarte la música en la piel. Silencio de cuerdas. Silencio de violinista sin ventanas. Hasta que la perversidad de las preguntas solares terminan abarcando toda la sonata: ¿cuándo volveremos a devorarnos y sepultar nuestros cuerpos, uno al lado del otro en tumbas sin identificación posible? Quizás suceda en el más lejano de los desiertos arrasado por el sol del olvido. Pero mientras tanto, el olvido es imposible porque la música sigue sonando.

Así los ausentes atesoran los agujeros en las paredes del laberinto. Única posibilidad de entrever el otro lado. Y la absurda invocación al fantasma sin nombre que ilumina el vacío y le sirve de ombligo a cualquier incertidumbre de la piel.

El vacío… mi amor… nada más que el vacío… y seguir recorriendo estos interminables pasadizos de la dualidad…


Foto unsologato

martes, octubre 17, 2006

La cartera de la dama.

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La dama se acercó decidida, copa de vino en mano y propuso un brindis por el mutuo desconocimiento y otro brindis por su cartera que era inmensa, con tejidos de colores y colgaba de su brazo como el objeto más importante de todos los que allí se sometían a los juegos de la banalidad y el azar. Aceptamos el brindis porque la cartera de la dama proponía una comunicación nueva entre nuestras respectivas soledades acumuladas a esa hora de la noche y el destiempo. Después de cuatro palabras no del todo ineficaces, la dama prefirió que le fotografiáramos la cartera a que fuera su sonrisa la que quedara atrapada en el rectángulo de luz. Entonces, sin pudor alguno, abrió la cartera como una experimentada meretriz dispuesta a entregar sus placeres a ignotos clientes y me pidió que entrara en ella. Disparé dos, tres veces y el flash desparramó en su rostro el placer de ser hurgada y acariciada por ese ojo electrónico que ordenaba la multitud de objetos caóticos en fragmentos de luz y color.
Intercambiamos nombres y direcciones y me pidió encarecidamente que le enviara la foto de la cartera. Deseaba que sus estuches, frasquitos, billetera, pelusas, labiales, peines, espejos y papelitos doblados en cuatro con inscripciones secretas hayan salido con la expresión adecuada a tan agradable Merlot que nos había empujado a hacer cosas como estas y otras, inconfesables.

Foto unsologato.

lunes, octubre 09, 2006

Aproximación a una realidad dominada por cierta luz no del todo real.

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Porque a veces sólo confío en esa luz desasosegada que juega a malgastarse a sí misma sobre los bordes de cualquier objeto: real o humano. Pero también me entrego con devoción a tus ojos nictálopes. Y no importa demasiado la precisión de la navaja sobre la piel o el tamaño de la mancha de sudor en la sábana. Tenemos suficiente piel que la luz agradece. Aunque si se tratara de un árbol, todo sería más rotundo y más fácil de alcanzar el beso lineal, donde toda geometría amatoria se realiza plenamente. No importa la sensación concreta, ni la bifurcación que se crea más conveniente para errar en forma definitiva el acertijo que propone esa luz. Ni hablar de esa clarividencia de calavera triste, acaso usada como lámpara colgando desde el cielo raso. Me gustaría pintar en ese cielo, treinta y nueve estrellitas y después inventar un telescopio con el tubo del papel higiénico que gastamos amándonos y que el árbol de la quinta línea nos rescate con una de esas sombras que se convierten tan fácilmente en abrazo.

Foto unsologato.
El Tiempo Buenos Aires Aerod.